El apoyo

Contemplaba la escena sintiéndose fuera de ella, como un visitante de  un museo, solo que aquel momento no era inmutable, aunque los personajes lo parecieran, con movimientos lentos, y miradas casi estáticas. Unas voces en susurros mantenían la monotonía del sonido de fondo que le hacía recordar que era ahora, que el momento estaba pasando.  Le vino a la mente una escena de una película, donde el protagonista pasaba por innumerables penalidades para despertar y descubrir que aquello solo era un sueño. Le hizo gracia, pero no rio, no era el momento, creía.

Cuando se hizo más tarde, lo mandaron a dormir, no sabía qué hora podría ser, había perdido el sentido del tiempo, y fuera solo se veía oscuridad, una oscuridad que acompañaba las circunstancias.

Su mente siempre inquieta se preguntó si pasado mucho tiempo de aquellos momentos si le parecerían un sueño, o muy al contrario sería capaz de recordar cada uno de los detalles.

Se dejo acompañar al dormitorio, no recordaba si había cenado, ni siquiera cuando comió, sin embargo no sentía hambre, ni el vacio de estomago. No sentía nada, ni sabía si era exactamente eso lo que tenía que sentir. Mientras se metía en la cama notó el frio de las sabanas, pensó en su madre, y en el ritual de dormir de otros muchos niños. Lo sabía porque lo había visto en las películas, y fue entonces cuando descubrió que despedirse al dormir podría ser algo normal, y besar, y desear buenas noches.

Se acurruco encontrado su hueco en esa cama que hoy parecía más hostil que nunca, y pensó que con lo cansado que se sentía dormiría enseguida.

Sentía sobre su cuerpo todo el peso del mundo, en su estomago todo el vacio y en su persona la desolación del que no entiende nada de lo que sucede. Todo había sido tan rápido, tanto que no había existido un momento para que nadie le explicase nada.

Nada sobre la muerte, como esta puede llegar a todos, hasta ahora solo creía que los mayores se morían. Lo descubrió cuando la vecina, esa señora de pelo blanco, a la  que tanto le gustaba observar mientras cepillaba su cabello para entrelazarlo, formando una trenza, larga y  blanca que acababa formando un mono pequeño a la altura de su nuca, murió.

Cuando la vio sobre su cama, supo que eso era estar muerto. Estaba con las manos sobre su estomago, cruzadas y muy quieta, así que eso tenía que ser morirse. Y aquella no parecía la misma, para nada.

Y ahora, ahora el muerto era su hermano pequeño, tan pequeño. Jamás pensó que los pequeños se pudieran morir, incluso cuando su madre muy asustada aviso a papa, para que buscase un taxi para ir al médico, ni entonces pensó en la palabra muerte.

Fue una de sus vecinas, que vino a ayudar con los niños mientras mama apurada vestía al pequeño, se lo paso a los brazos mientras buscaba sus papeles, y ella con sus llaves intentaba llamar la atención del pequeño, que ya no lloraba, casi ni se movía, solo miraba.

El pensó en ese momento que debía de dolerle mucho la tripa, porque cuando a él le dolía se quedaba así, quietecito, y el dolor parecía desaparecer lentamente, y si te volvías a mover, ahí estaba.  Así que pensó que eso debía ser.

Pero la vecina que para entonces ya estaba rodeada de otras más, lo dijo, dijo la palabra, muerte. Y nadie se dio cuenta de que él estaba allí, oyéndola.

Después vino todo lo demás, tantas cosas que ahora debía ser por el sueño no recodaba. Si recordaba la cara de papa, no parecía el mismo, jamás vio su cara igual, ni la de mama, ella lloraba y de vez en cuando levantaba la vista del bebe para buscar a papa.

Papa grito, maldijo y los vecinos le rodearon y le decían cosas que no escuchó. Todo eso ahora parecía como en la película, un sueño.

Lo que recordaba con toda claridad era aquel momento, aquel en el que el bebe ya estaba en su caja blanca, una pequeña caja con encajes que parecía de juguete. Y el pobre bebe estaba tan quietecito que también lo parecía. Le habían puesto unas ropas tan llenas de encajes como aquella caja y todo era tan extraño que no le parecía real.

Vigilaba la tripa de su hermano a ver si se habían equivocado los mayores con sus gritos y prisas y el bebe solo estaba respirando muy despacito, pero llevaba un buen rato, y cada vez más, el bebe le parecía un juguete en vez de su hermano.

Y entonces lo dijo, papa se acerco por detrás, y puso sus manos en sus hombros, eso le gusto, le hizo sentirse importante, casi se imagino un abrazo o algo parecido, pero no sucedió. Se quedo ahí con las manos en sus hombros y comenzó a llorar.

Jamás había oído llorar a su padre, jamás, y pareciera que tampoco el sabía muy bien cómo hacerlo.

Entre sus llantos comenzó a hablar y se quedo quietecito aunque le habría gustado girarse y abrazarlo pero estaba quieto, con las manos de papa sobres sus hombros, y así se quedo.

¡¡¿Porque?, ¿porque?, ¡¡era tan pequeñito¡¡, ¿porque.?¡¡

Sintió que con el temblor que papa le transmitía a través de sus  manos también comenzaría a llorar, y entonces ya no podría parar.

Pero entonces, con todos sus esfuerzos por seguir aguantado las manos de su  padre. Y mantenerse como el apoyo que estaba siento, escucho aquellas palabras, acompañadas de un movimiento de sacudida de sus hombros.

¿Por qué no te lo has llevado a el? ¡¡Llévatelo a él¡¡……………… Este es  tan pequeñito.

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Siéntate a mi lado

Te he dicho que no, que no lo vuelvas ha hacer, que si vuelves se lo diré a mi marido..

Pero, si yo, yo no he hecho nada

Se lo diré a Manuel¡¡

Le miraron y cesaron las voces, ella miraba desde el ángulo de la escalera con cara asombrada, una niña de apenas unos siete años que no sabía que sucedía, pero que había oído a los dos gritar, en susurros, si es que eso es posible, mientras se mantenían frente a frente sin acercase.

La mujer empezó a caminar hacia ella, levantando el brazo que apoyo sobre el hombro de la niña girando su cuerpo mientras manteniendo la cabeza vuelta  hacia aquello que había sucedido, como si las palabras y los gestos se mantuviesen en el aire de ese exacto lugar.

En su mente infantil, no imaginaba que podía ser aquello, la cosa que él hacía y a ella le molestaba, tanto, tanto que lo amenazo con decírselo a papa.

Los observaba en las relaciones normales, porque todo seguía siendo casi normal. Salvo que ahora mama no quería bajar como antes con ellos a ver la televisión. Y eso que a ella también le gustaba, aunque ahora, muchas veces decía que no, que ya no le gustaba, y que era mejor que saliesen a jugar en vez de molestar a los vecinos.

Poco después, no sabía cuánto tiempo, una televisor  nuevecita llego a su casa, no tan bonita como la de los vecinos, o eso le parecía a ella, pero era su televisión, ya no tendría que bajar y sentarse y estar quietecita allí donde él le decía..

Eso le hacía sentirse incomoda, muy incómoda. Tanto que muchas veces se levantaba de forma improvisada y se iba, a pesar de que aquello que había en el televisor le encantaba, pero no, no podía.

Siéntate aquí, aquí a mi lado, y tápate con la ropa de mesa que hace frío, ven aquí cerquita para que te calientes.

Y su mano rápidamente se posaba sobre su pierna, primero como sin peso, pero enseguida rodeando su muslo, y subía y bajaba sin parar, lentamente, primero un poco menos, poco a poco un poco mas desde la rodilla hasta las ingles, y le apretaba intentando abrir sus piernas, y ella resistía. Apretaba con todas sus fuerzas sus piernecitas mientras intentaba mirar aquello que pasaba en el televisor, y miraba a todos los que estaban en la mesa, también tapados con la ropa y pensaba si era eso lo que se hacía al taparse, y si era lo normal.

Y si lo era, a los demás no parecía molestarles, sus caras no parecían mostrar ningún gesto que pudiera decirle que estaba pasando.

Sus fuerzas se perdían si se distraía pensando, mirando a los demás, y esa mano era molesta, a ella no le gustaba aunque pudiera ser lo normal, así que se levanto.

Dónde vas, te pasa algo, no quieres ver más el televisor??

Miraba sin saber que responder, su mente se confundía y no sabía que tenía que decir, porque nada parecía extraño salvo ella, que se había levantado de una forma brusca.

Me voy a jugar, acertó a decir, y salió tan rápido como sus piernas temblorosas se lo permitieron..

Fuera, no había nadie, se paro y respiro, espero a que su mente se quedase quieta con todas esas cosas que decía y repetía.

Y echo a correr buscando a sus amigos.