Durante un tiempo, ser madre, tener hijos, se convirtió en una necesidad sin mucho sentido. Pasados los años me lo pregunto, el porque de estas necesidades que apareció en mi.                                                 Dicen que existe un reloj biológico, o para mí, quizás, el sentirte distinta de tu generación, conocidos y no tan conocidos.

   Durante mi juventud idee mi futuro, y en ninguno de mis planes incluía nada de lo que la vida me fue regalando.

Desde muy joven, vete a saber porque, tuve intuiciones sobre mi misma y mi destino. Que igualmente se desdibujó. Quizás poseía una mente muy imaginativa. Y poco acertada.

    Tener mi primer hijo se convirtió en todo un trabajo. Tras tiempo y con pruebas médicas viví duras circunstancias que me llevarón a aceptar que todo el esfuerzo y desgaste no me iba a llevar a ser madre.

   Y justo tras aceptar está opción y replantear mi presente y futuro, el giro surgió..

   He recordado muchísimas veces, me he recordado, a mi misma diciéndome una y otra vez que no repetiría todo aquello que sufrí con mis padres, que no me lo haría yo, y menos se lo haría a mis hijos.

  Y extrañamente, sin casi darte cuenta, te ves en casi las mismas condiciones, parecidas. Y entonces, no te paras a pensar, o si, pero lo dejas pasar y no le das importancia.

Llego a mi propia respuesta, que lo vivido, sin conciencia y conocimiento, te devuelve al punto de inicio.

Y tristemente he podido equivocarme tantísimo o parecido a cómo mis padres se equivocaron. En sus vidas y con nosotros. Respetando la distanciamiento social de la época, y los escasos conocimientos emocionales normalizados.

El tiempo me ha respondido, con respuestas comunes, que si bien no son satisfactorios, son un consuelo, ( pa tontos).

Y el «final» me dice, que había mucho trabajo por concienciar y quizás sin el «mal» camino no habría llegado a digamos este medio «bueno».

Lo malo, es el saber que es más fácil volver a lo conocido y familiar, que intentar y buscar, comprender y «escuchar» antes de….

Ahora digo constantemente a mis hijos que me perdonen por mis equivocaciones, que acepten, como yo, que a veces me pierdo. Y que si es posible, pagaré a sus sicólogos.

Ser lo suficientemente buenos es la meta. Y la tranquilidad, suficiente.

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